Se corta el pan del día anterior de un tamaño poco más grande que un garbanzo. Hay quien prefiere
cortarlas como si fueran para sopas, de todas formas no pueden ser ni muy grandes ni muy
pequeñas.
Una vez cortadas las migas, viene la operación más delicada: calarlas. Para ello, se disuelve la
sal en un poco de agua y con esta mezcla se van humedeciendo las migas, con cuidado de que no se
queden secas o de que recojan demasiada agua. Una vez caladas se dejan toda la noche tapadas con
un paño.
Cubrimos de aceite el fondo de una sartén y freímos las tajadas de panceta. Una vez fritas las
reservamos. Cambiamos el aceite a otra sartén más grande en el que haremos las migas. Freímos los
dientes de ajo sin pelar con los pimientos. Una vez se hayan freído, retiramos la sartén del fuego y añadimos el pimentón. Inmediatamente añadimos las migas poco a poco y le vamos dando vueltas para que se mezclen con el aceite y el pimentón. Una vez bien mezclados, seguimos dándoles vueltas sin parar, hasta que estén todas bien tostadas, cuidando de que no se agarren.
Las migas están en su punto cuando, todavía tiernas, están tostadas pero no secas.
Si os han salido así, ya están listas para comer. Se suelen comer con las tajadas de panceta y
con uvas, pero hay quien las prefiere con naranja, melón, aceitunas, chocolate... con lo que se
te ocurra.